Las energías renovables no pueden salvar el planeta. Solo la energía nuclear puede.
- Jorge Chapas

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Las energías renovables no pueden salvar el planeta, pero el uranio sí.
Por Michael Shellenberger | Agosto 16, 2017
Traducción al español por Mariandrea Chapas. Revisión y edición: Ing. Agr. Jorge Chapas | Julio, 2026
En todo el mundo, la transición de los combustibles fósiles a las energías renovables parece estar finalmente en marcha. Las energías renovables se promovieron por primera vez en las décadas de 1960 y 1970 como una forma de acercar a las personas a la naturaleza y de que los países alcanzaran la independencia energética. Solo recientemente se ha empezado a considerar su adopción como crucial para prevenir el calentamiento global. Y solo en los últimos diez años la proliferación de parques solares y eólicos ha convencido a gran parte de la población de que dicha transición es posible. En diciembre de 2014, el 78 % de los encuestados en un amplio estudio global realizado por Ipsos coincidió con la afirmación: «En el futuro, las energías renovables podrán sustituir por completo a los combustibles fósiles».[1]
Hacia el final de su nuevo y exhaustivo libro sobre Energía y Civilización, Vaclav Smil parece estar de acuerdo. Sin embargo, Smil, uno de los mayores expertos mundiales en energía, subraya que cualquier transición a las energías renovables llevaría mucho más tiempo del que reconocen sus defensores más fervientes. La humanidad, relata Smil, ha experimentado tres grandes transiciones energéticas: de la madera y el estiércol al carbón, luego al petróleo y, finalmente, al gas natural. Cada una fue extremadamente larga y ninguna se ha completado aún. Casi dos mil millones de personas todavía dependen de la madera y el estiércol para la calefacción y la cocina. «Aunque la secuencia de las tres sustituciones no significa que la cuarta transición, ahora en su fase inicial (con la sustitución de los combustibles fósiles por nuevas conversiones de flujos de energía renovable), vaya a desarrollarse a un ritmo similar», escribe Smil, «las probabilidades apuntan claramente a otro proceso prolongado».[2]
En 2015, incluso después de décadas de cuantiosas subvenciones gubernamentales, la energía solar y eólica solo proporcionaba el 1,8 % de la energía mundial. Para completar la transición, las energías renovables tendrían que suministrar electricidad al mundo y, al mismo tiempo, sustituir los combustibles fósiles utilizados en el transporte y en la fabricación de materiales comunes, como el cemento, los plásticos y el amoníaco. Smil expresa su exasperación ante los “tecno-optimistas que vislumbran un futuro de energía ilimitada, ya sea mediante células fotovoltaicas supereficaces o mediante la fusión nuclear.” Tal visión, afirma, “no es más que un cuento de hadas” En este punto, la opinión pública está más cerca de Smil que de los tecno-optimistas. En la misma encuesta de Ipsos de 2014, el 66 % coincidió en que “las fuentes de energía renovables, como la hidroeléctrica, la solar y la eólica, no pueden por sí solas satisfacer la creciente demanda mundial de energía.”
Smil tiene razón sobre la lentitud de las transiciones energéticas, pero su escepticismo hacia las energías renovables no es suficiente. Es improbable que la energía solar y eólica lleguen a proporcionar más que una pequeña fracción de la energía mundial; son demasiado dispersas e inestables. Tampoco la energía hidroeléctrica, que actualmente produce solo el 2,4 % [3] de la energía global, puede reemplazar a los combustibles fósiles, ya que la mayoría de los ríos del mundo ya han sido represados. Sin embargo, si la humanidad quiere evitar una catástrofe ecológica, debe encontrar la manera de dejar de depender de los combustibles fósiles.
Smil sugiere que el mundo debería lograrlo reduciendo drásticamente el consumo de energía per cápita, algo que los grupos ecologistas han defendido durante los últimos 40 años. Sin embargo, durante ese período, el consumo de energía per cápita ha aumentado tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo.
Y con razón: un mayor consumo de energía permite una mejora considerable en el nivel de vida. Intentar revertir esta tendencia garantizaría la miseria para gran parte del mundo. La solución reside en la energía nuclear, que Smil aborda de forma breve e insuficiente. La energía nuclear es mucho más eficiente que las fuentes de energía renovables y mucho más segura y limpia que la quema de combustibles fósiles. En consecuencia, ofrece la única vía para que la humanidad reduzca significativamente su impacto ambiental y saque a todos los países de la pobreza.
La historia de la energía
Pocos académicos dominan un campo de estudio interdisciplinario como Smil lo hace con el de la energía, sobre el cual ha publicado más de 20 libros. Energía y civilización sintetiza su obra, ofreciendo una visión general de la evolución del Homo sapiens, el auge de la agricultura y el reciente surgimiento de una civilización industrial de alto consumo energético.
El núcleo del argumento de Smil es que la historia de la evolución y el desarrollo humanos consiste en la conversión de cantidades cada vez mayores de energía en riqueza y poder, lo que permite que las sociedades humanas se vuelvan cada vez más complejas. «Generalizar, a lo largo de milenios, que una mayor complejidad socioeconómica requiere mayores aportes de energía y un uso más eficiente de la misma es describir una realidad indiscutible», escribe Smil. Esta búsqueda de más energía comenzó con los cazadores-recolectores prehumanos, quienes anhelaban alimentos ricos en energía, como aceites y grasas animales, que contienen entre dos y cinco veces más energía por masa que las proteínas y entre diez y cuarenta veces más que las frutas y verduras. El dominio del fuego permitió a los prehumanos consumir más grasas y proteínas animales, lo que posibilitó la reducción de su tracto intestinal (ya que los alimentos cocinados requieren menos digestión) y el crecimiento de su cerebro. El resultado final fue el cerebro humano, que requiere el doble de energía por masa que los cerebros de otros primates.
Hace unos 10.000 años, los humanos comenzaron gradualmente a pasar de la recolección a la agricultura, y empezaron a aprovechar nuevas formas de energía, como los animales domesticados para arar, el viento para impulsar molinos y los desechos humanos y animales para la fertilización. Las granjas permanentes permitieron a las sociedades humanas crecer en tamaño y poder. «Incluso una cosecha común de cereales básicos podía alimentar, en promedio, a diez veces más personas que la misma superficie utilizada por los agricultores itinerantes», señala Smil. Sin embargo, los miembros de esas sociedades apenas se beneficiaron. Smil constata el hecho notable de que «no existe una clara tendencia al alza en el suministro de alimentos per cápita a lo largo de los milenios de agricultura tradicional». Un campesino chino comía en 1950, antes de la llegada de los fertilizantes sintéticos y el riego por bombeo, aproximadamente lo mismo que su antepasado del siglo IV.
Esto se debe en parte a que, durante la mayor parte de la historia de la humanidad, las sociedades aumentaron su producción de alimentos y energía solo cuando se vieron obligadas a hacerlo, por factores como el aumento de la población o el deterioro de los suelos. Incluso ante hambrunas recurrentes, los agricultores pospusieron sistemáticamente los intentos de aumentar la producción, ya que esto habría requerido un mayor esfuerzo y jornadas laborales más largas.
Luego, a medida que la agricultura se volvió más productiva en Inglaterra durante los siglos XVII y XVIII, los agricultores pudieron trasladarse a la ciudad y trabajar en la industria manufacturera. La urbanización y la industrialización requirieron un aumento mucho mayor en el consumo de energía que el que supuso pasar de la recolección a la agricultura. Este cambio fue posible gracias al rápido aumento de la minería del carbón. El carbón ofrecía aproximadamente el doble de energía por peso que la madera y, a mediados y finales del siglo XIX, proporcionaba la mitad de todo el combustible consumido en Europa y Estados Unidos. A pesar de los evidentes beneficios, la transición de la biomasa a los combustibles fósiles aún no se ha completado. En la India, el 75 % de la población rural todavía depende del estiércol para cocinar, a pesar de los esfuerzos del gobierno indio y de organismos internacionales por sustituirlo por gas licuado de petróleo. [4] Y como señala Smil, gracias al crecimiento demográfico, hoy en día los seres humanos utilizan más madera como combustible que en cualquier otro momento de la historia.
La transición de una vida agrícola de bajo consumo energético y dependiente de la biomasa a una vida industrial de alto consumo energético y dependiente de los combustibles fósiles tuvo un alto costo humano y ambiental, pero también trajo consigo un progreso significativo. Por terrible que pudiera ser el capitalismo industrial, sobre todo en sus primeras formas, para los obreros de las fábricas, generalmente representaba una mejora con respecto a lo anterior, como documenta Smil en una serie de recuadros fascinantes que salpican el libro y que presentan textos antiguos poco conocidos que recuerdan al lector la brutalidad de la vida cotidiana antes y durante la Revolución Industrial. «¡Dios mío, qué clase de hombres vi!», escribió el erudito romano del siglo II, Lucio Apuleyo, al describir a los esclavos de los molinos romanos. «Sus pieles estaban surcadas por las marcas del látigo, y sus espaldas, marcadas por las cicatrices, estaban sombreadas en lugar de cubiertas con harapos».
El cambio de la madera al carbón fue, sobre todo en sus primeros años, doloroso para muchos trabajadores. En otro recuadro, Smil cita «Una investigación sobre la condición de las mujeres que transportan carbón bajo tierra en Escocia», publicado en 1812: «La madre sale primero, llevando una vela encendida entre los dientes; las muchachas la siguen…con pasos cansados y lentos, subiendo las escaleras, deteniéndose ocasionalmente para recuperar el aliento…No es raro verlas…llorando amargamente, por la excesiva dureza del trabajo». Sin embargo, por cruel que pudiera ser la minería del carbón, con el tiempo contribuyó a liberar a los seres humanos de la monotonía agrícola, a aumentar la productividad, a elevar el nivel de vida y, al menos en los países desarrollados, a reducir la dependencia de la madera como combustible, permitiendo la reforestación y el regreso de la fauna silvestre.
Por qué las energías renovables no pueden funcionar
Smil argumenta que la transición a fuentes de energía renovables probablemente será un proceso lento, pero nunca aborda cuán diferente sería de las transiciones energéticas anteriores. Casi siempre que una sociedad ha reemplazado una fuente de energía por otra, ha optado por un combustible más fiable y con mayor densidad energética. (La única excepción es el gas natural, que tiene un volumen mayor que el carbón, pero su extracción causa mucho menos daño ambiental). Reemplazar los combustibles fósiles por energías renovables implicaría recurrir a combustibles menos fiables y más dispersos.
Muchos defensores de las energías renovables argumentan que la energía hidroeléctrica puede solucionar este problema. Sugieren que la modernización de las represas podría complementar la electricidad inestable proveniente de la energía solar y eólica, pero no existen suficientes represas en el mundo para almacenar la energía necesaria. En un estudio publicado en Junio en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias, un equipo de investigadores de energía y clima descubrió que la propuesta más destacada para la transición de Estados Unidos a energías completamente renovables había inflado las estimaciones de la capacidad hidroeléctrica estadounidense diez veces. Sin estas cifras exageradas, no existe una fuente de energía renovable que reemplace la energía generada por el sol y el viento durante los largos periodos en que no hay sol ni viento.
Además, las tres transiciones energéticas anteriores dieron como resultado lo que se conoce como «desmaterialización»: los nuevos combustibles produjeron la misma cantidad de energía utilizando muchos menos recursos naturales. Por el contrario, una transición de los combustibles fósiles a la energía solar o eólica, la biomasa o la hidroeléctrica requeriría una rematerialización —el uso de más recursos naturales—, ya que la luz solar, el viento, la materia orgánica y el agua tienen una densidad energética mucho menor que el petróleo y el gas.
La física básica predice que la rematerialización aumentaría significativamente los efectos ambientales de la generación de energía. Si bien estos no serían uniformemente negativos, muchos dañarían el medio ambiente. Los paneles solares inservibles, por ejemplo, suelen enviarse a países pobres sin las medidas de protección ambiental adecuadas, donde los metales pesados tóxicos que contienen pueden filtrarse en las fuentes de agua.
Dado que Smil ha contribuido más que nadie a explicar la relación entre la densidad energética y el impacto ambiental, resulta sorprendente que dedique tan poco tiempo a este problema en lo que respecta a las energías renovables. En 2015, Smil publicó un libro completo, Power Density (Densidad de potencia), sobre el tema en general, mostrando cómo las grandes ciudades dependen de combustibles y electricidad de alta densidad. Las energías renovables, concluyó, son demasiado dispersas e inestables para satisfacer las enormes necesidades materiales de rascacielos, metros y millones de personas que viven y trabajan cerca unas de otras. Sin embargo, omite mencionar este obstáculo al hablar de la cuarta transición energética en su nuevo libro.
El poder del átomo
Tanto en "Energía y Civilización" como en "Densidad de Potencia", Smil introduce el concepto de «retorno energético de la inversión en energía» (EROEI, por sus siglas en inglés), la relación entre la energía producida y la energía necesaria para generarla. Sin embargo, Smil no logra explicar las implicaciones de este concepto para las energías renovables. En Densidad de Potencia, Smil cita un estudio sobre el EROEI publicado en 2013 por un equipo de científicos alemanes que calcularon que la energía solar y la biomasa tienen EROEI de tan solo 3,9 y 3,5, respectivamente, en comparación con 30 para el carbón y 75 para la energía nuclear. Los investigadores también concluyeron que, para las sociedades con alto consumo energético, como Alemania y Estados Unidos, las fuentes de energía con EROEI inferiores a siete no son económicamente viables. Por lo tanto, la energía nuclear es la única opción limpia plausible para las economías desarrolladas.
Considerar al resto del mundo refuerza aún más la justificación de la energía nuclear. Dado que dos mil millones de personas todavía dependen de la leña y el estiércol para cocinar, Smil señala que «se necesitará mucha más energía en las próximas generaciones para garantizar una vida digna a la mayoría de una población mundial en constante crecimiento». Sin embargo, afirma que las consecuencias ambientales de un aumento drástico del consumo energético mundial son «inaceptables». Podría tener razón si dicho aumento se lograra con combustibles fósiles. Pero si todos los países avanzaran en la escala energética —desde la leña y el estiércol hasta los combustibles fósiles y de estos últimos al uranio—, toda la humanidad podría alcanzar, o incluso superar, los niveles de consumo energético occidentales, reduciendo al mismo tiempo el daño ambiental global por debajo de los niveles actuales.
Esto se debe a que los átomos de uranio contienen mucha más energía que los enlaces químicos de la madera, el carbón, el petróleo o el gas natural. Menos de medio barril de petróleo lleno de uranio puede proporcionar la cantidad promedio de energía que un estadounidense consume a lo largo de su vida. En cambio, se necesitan muchos vagones de carbón para producir la misma energía, con un impacto ambiental considerablemente mayor.
Las energías renovables también requieren mucha más tierra y materiales que la energía nuclear. La central nuclear Diablo Canyon de California produce 14 veces más electricidad al año que la enorme planta solar Topaz del estado, y sin embargo, requiere solo el 15 % de esa superficie. Dado que esos vastos campos de paneles y espejos se convierten con el tiempo en residuos, la energía solar genera 300 veces más residuos tóxicos por unidad de energía producida que la energía nuclear. Por ejemplo, imaginemos que durante los próximos 25 años (la vida útil promedio de un panel solar), tanto la energía solar como la nuclear produjeran la misma cantidad de electricidad que la energía nuclear produjo en 2016. Si luego apiláramos sus respectivos residuos en dos campos de fútbol, los residuos nucleares alcanzarían unos 52 metros, un poco menos que la altura de la Torre Inclinada de Pisa, mientras que los residuos solares alcanzarían más de 16,850 metros, casi el doble de la altura del Monte Everest.
La energía nuclear es, con diferencia, la forma más segura de generar energía fiable, según todos los estudios importantes publicados en los últimos 50 años. Incluso los peores accidentes nucleares provocan muchas menos muertes que el funcionamiento normal de las centrales eléctricas de combustibles fósiles. Esto se debe al humo tóxico liberado por la quema de combustibles fósiles. Según la Organización Mundial de la Salud, la contaminación atmosférica resultante de esto y de la quema de biomasa mata a siete millones de personas cada año [5]. Las centrales nucleares, en cambio, producen contaminantes significativos solo cuando se liberan partículas radiactivas como resultado de accidentes. Estos son extremadamente raros, y cuando ocurren, se libera tan poco material radiactivo que muy pocas personas se exponen a él. En 1986, un reactor sin blindaje ardió durante más de una semana en la central nuclear de Chernóbil, el peor accidente nuclear de la historia. Sin embargo, la OMS ha estimado que entre los trabajadores de emergencia que se encontraban en el lugar, solo murieron alrededor de 50, y en el transcurso de 75 años después del desastre, la radiación causará solo alrededor de 4000 muertes prematuras.
La verdadera amenaza para la población proviene del temor irracional a la energía nuclear. El accidente nuclear de Fukushima en Japón en 2011, por ejemplo, no causó muertes por exposición directa a la radiación. Sin embargo, el miedo público llevó al primer ministro japonés a intervenir innecesariamente, lo que provocó una evacuación masiva y caótica que resultó en la muerte de más de 1500 personas.
Cabe reconocer que Smil admite los beneficios ambientales y para la salud de la energía nuclear, pero sugiere que, para que sea económicamente viable, los ingenieros deberán lograr un avance significativo en la reducción de los tiempos de construcción de nuevas centrales nucleares. Sin embargo, un estudio exhaustivo sobre los costos de construcción de centrales nucleares, publicado el año pasado en Energy Policy, concluyó que los reactores nucleares refrigerados por agua (mucho menos costosos que los diseños sin refrigeración por agua) ya son lo suficientemente económicos como para reemplazar rápidamente las centrales eléctricas de combustibles fósiles. Además, en los casos en que los constructores de centrales nucleares han acortado los tiempos de construcción, como en Francia en la década de 1980 y en Corea del Sur más recientemente, no lo hicieron cambiando a diseños diferentes —una receta segura para retrasos— sino empleando a los mismos gerentes y trabajadores experimentados para construir el mismo tipo de unidades en cada emplazamiento.
A pesar de su escepticismo, Smil deja abierta la posibilidad de que la energía nuclear desempeñe un papel en el futuro. Sin embargo, pasa por alto que una sociedad totalmente nuclear sería mucho mejor que una parcialmente nuclear, ya que no necesitaría combustibles fósiles ni grandes, derrochadoras y poco fiables centrales solares o eólicas.
En las décadas de 1960 y 1970, algunos opositores a la energía nuclear consideraban peligrosa esta tecnología porque proporcionaría a la humanidad un exceso de energía. En 1975, el biólogo Paul Ehrlich escribió en el Informe de Interés Público de la Federación de Científicos Estadounidenses que «De hecho, proporcionar a la sociedad energía barata y abundante en este momento sería el equivalente moral a darle una ametralladora a un niño idiota». «Sería casi desastroso para nosotros descubrir una fuente de energía barata, limpia y abundante por lo que haríamos con ella», declaró el experto en energía Amory Lovins a Mother Earth News en 1977.
Smil no comparte esas posturas extremas, pero le preocupan los efectos del consumo excesivo de energía. En Energía y Civilización, al igual que en sus otros libros, critica con vehemencia el hiperconsumismo, arremetiendo, por ejemplo, contra las decenas de millones de personas que anualmente realizan vuelos intercontinentales a playas genéricas con el fin de desarrollar cáncer de piel más rápidamente, así como la existencia de más de 500 variedades de cereales para el desayuno y más de 700 modelos de automóviles. “¿De verdad necesitamos un cachivache efímero fabricado en China que nos entreguen a las pocas horas de haber hecho el pedido por internet?”, pregunta.
Por muy entretenidas que sean las ocurrencias de Smil, restringir las actividades de alta intensidad sería contraproducente. Reducir los viajes en avión limitaría el comercio, la inversión y la cooperación política internacional, lo que frenaría el crecimiento económico mundial e impediría que las naciones pobres alcanzaran a las ricas. Y si bien la cultura de consumo genera una gama bastante extravagante de cereales para el desayuno, también proporciona medicamentos y dispositivos médicos que salvan vidas.
Una sociedad con alto consumo energético también permite avances tecnológicos continuos que a menudo reducen el impacto ambiental de la humanidad. Los fertilizantes y los tractores, por ejemplo, han aumentado drásticamente los rendimientos agrícolas y han permitido que suelos pobres se conviertan en pastizales, humedales y bosques, y que la vida silvestre regrese a sus hábitats originales. Por esta razón, un número creciente de conservacionistas apoya la ayuda a los pequeños agricultores de países pobres para que reemplacen la leña con combustibles líquidos y mejoren su acceso a fertilizantes modernos y técnicas de riego, con el fin de alimentar a la creciente población mundial y revertir la deforestación.
Los avances en las tecnologías de la información y las comunicaciones están dando lugar a formas de desmaterialización inimaginables hace apenas una década. Pensemos en los teléfonos inteligentes. Requieren más energía para fabricarse y funcionar que los teléfonos móviles más antiguos. Pero al obviar la necesidad de periódicos, libros, revistas, cámaras, relojes, despertadores, sistemas GPS, mapas, cartas, calendarios, libretas de direcciones y equipos de música físicos separados, probablemente reducirán significativamente el uso de energía y materiales por parte de la humanidad durante el próximo siglo. Estos ejemplos sugieren que frenar el progreso tecnológico podría causar mucho más daño ambiental que acelerarlo.
A pesar de las omisiones y descuidos de Smil, Energía y Civilización es un libro sabio, compasivo y valioso. Smil ayuda a los lectores a comprender las relaciones entre la densidad energética de los combustibles, la configuración de la civilización humana y el impacto ambiental de la humanidad. La lección que Smil no extrae explícitamente, pero que se desprende inevitablemente de su obra, es que para que las sociedades modernas causen menos daño ambiental, todos los países deben avanzar hacia fuentes de energía más fiables y densas. En las últimas décadas, los gobiernos han gastado miles de millones de dólares en subvencionar las energías renovables, con resultados previsiblemente decepcionantes. Ya es hora de que los países recurran a la alternativa más segura, barata y limpia.
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Notas del traductor:



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